Con la Constitución

Hoy, me toca hablarles de la Constitución, una querida compañera con la que tengo una vieja cuenta pendiente. Como casi todo el mundo sabe, el 6 de diciembre de 1978 se celebró el referéndum en el que el pueblo español ratificó por abrumadora mayoría (cercana al 90%) la Constitución que nuestros representantes en Las Cortes habían acordado y aprobado unos meses antes. A las 11:05 de la víspera, mi padre falleció en el hospital Miguel Servet de Zaragoza. Fue una noche muy triste y más triste incluso fue el día siguiente cuando trasladamos a mi padre para enterrarlo en Calatayud, mi queridísima ciudad natal. No hubo tiempo para ir a votar aquel día amargo, así que siempre me quedará pendiente esta cuenta personal con la Constitución. No deja de ser una irónica paradoja que de toda mi familia, mi padre fuera el único que votó (lo había hecho por correo) en el referéndum, como también había votado con ilusión renovada en 1977, en las primeras elecciones democráticas desde la Segunda República.

Para evitar enojosos malentendidos quiero decirles que procedo de una familia que nunca se llevó bien con la dictadura de Franco. Teníamos buenas razones para ello. Mi padre pasó unos meses terribles en la cárcel de Calatayud, en zona nacional, entre noviembre de 1936 y mayo de 1937, y salvó la vida por los pelos. Muchos fueron quienes en aquellos días aciagos pasaron allí sus últimas horas antes de acabar tiroteados en la cuneta de un camino o en la valla del cementerio. Hasta 1942 en que un tribunal especial le levantó los cargos, estuvo bajo libertad vigilada. No obstante, logró recuperar su modesto negocio al salir de la cárcel, casarse con su novia cuatro meses después de finalizar la Guerra Civil y formar una familia de tres hijos. Aunque yo, el único varón y el menor de los tres, nací ya 11 años después de finalizada la Guerra, mi familia nunca sintió aprecio alguno por los aires de cruzada que impregnaban la realidad cotidiana y surcaban las ondas radiofónicas. Así que cada noche, cuando terminaba el rancio Diario Oficial de las 10 de la noche, mi padre sintonizaba Radio París en onda corta para tener noticias de la otra España.

¿Qué significa para mí (y deseo que para muchos otros compatriotas) la Constitución Española después de cuatro décadas? Libertad, concordia y prosperidad, tres palabras que me atrevo a afirmar los españoles no habíamos conjugado simultáneamente nunca hasta 1978. Hubo, sí, algún breve período de nuestra historia en que los españoles consiguieron ver reconocidos sus derechos individuales y colectivos en una constitución, pero desafortunadamente fueron tiempos en que la concordia y la prosperidad brillaron por su ausencia y pronto el invento se fue al garete. Los agudos conflictos sociales que se desataron en la Segunda República,  llevaron a las élites políticas a buscar soluciones autoritarias, pócimas mágicas con impronta socialista, estalinista o fascista. Un desastre político y social que desembocó en una cruel y cruenta Guerra Civil y una dictadura de casi 40 años.

Y hubo también un momento de nuestra historia, desde el inicio de la década de los años 60 y hasta la muerte de Franco, en que los españoles disfrutamos de un período prolongado de relativa prosperidad económica, pero en el que la aparente armonía social era una ficción impuesta por las élites dominantes siempre atentas a detectar cualquier atisbo de disidencia y a reprimir con dureza cualquier demanda de libertad. Tuve la suerte de que mi adolescencia y juventud coincidieran con ese momento de prosperidad que cambió la faz de la sociedad española y propició, pese a todas las resistencias del régimen franquista, una tímida relajación de las costumbres y hasta de la férrea censura. Prosperidad con libertad vigilada e impuesta concordia resume perfectamente la vida social de aquella época.

El significado profundo de la Constitución Española de 1978 es precisamente haber sentado las bases de la reconciliación entre  las dos Españas enfrentadas que Antonio Machado inmortalizó en unos versos popularizados más tarde en una canción de Serrat. Ningún españolito ha necesitado desde entonces solicitar la mano piadosa de Dios para impedir que una de las dos Españas le helara el corazón. Me emociona pensar lo feliz que se habría sentido Don Antonio si hubiera podido vivirlo con nosotros. El abrazo entre Fraga Iribarne y Carrillo, con Suárez y González actuando de testigos de excepción, abrió las puertas y ventanas del edificio, permitió renovar el aire viciado, y nos adentró en el período de mayor libertad, armonía social y prosperidad de nuestra Historia. Y durante cuatro décadas, los españoles hemos podido elegir a nuestros legisladores y gobernantes, sin que la crispación entre bandos llevara la sangre al río o se convirtiera en un obstáculo insuperable para mejorar el nivel de vida.

Algunos políticos y bastantes ciudadanos mal criados parecen no haber comprendido lo insólito de estos cuarenta últimos años. Unos, no sé si por mera ignorancia o estúpido resentimiento, se permiten despreciar los enormes progresos logrados en todos los órdenes de la vida política, social y económica desde 1978, y agitan sin pudor alguno la bandera de la confrontación cainita. Otros, engreídos bisoños con dientes de leche, piensan que la Constitución después de 40 años necesita ser actualizada y quieren dejar en ella su juvenil impronta. Unos y otros no parecen haber reparado en las enormes dificultades que hubieron de superar sus padres o abuelos para acordarla. Basta con constatar la imposibilidad de alcanzar un acuerdo para reformar el sistema educativo para comprender la enorme dificultad que entraña reformar la Constitución y lograr un apoyo tan abrumadoramente mayoritario como recibió en su día la Constitución.

Claro que la Constitución Española no es perfecta ni la sociedad española un idílico oasis, sería ridículo pensarlo. Ahora bien, lo que intento decirles es que esas imperfecciones y problemas no se resuelven con propuestas ingenuas que pretenden hacer tabla rasa con el pasado sin reparr en que el pasado, nos guste o no, hay que asumirlo sencillamente porque sucedió y es inamovible. Nadie puede ya cambiar lo ocurrido durante la Segunda República, la Guerra Civil, la dictadura franquista, la Transición ni en las cuatro décadas vividas bajo la Constitución de 1978. En todo caso, los ciudadanos españoles tendrán, gracias a esa Constitución, la última palabra y no pierdo la esperanza de que a los más jóvenes no los deslumbre la demagogia populista imperante. De momento, sepan que tenemos la mejor Constitución que hemos tenido nunca, así que sólo puedo desearle hoy una muy larga vida.

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