Los ‘ni-nis’ que necesitamos

Una encuesta muy manida y hasta con ciertos tintes de leyenda urbana afirmaba que los jóvenes españoles preferían ser funcionarios antes que montar su propia empresa. Sea cierto, tergiversado o parcial, la realidad es que esta situación está cambiando.

Nuestros chavales se animan cada vez más a iniciar sus propios proyectos empresariales; son los nuevos ni-nis, ni funcionarios, ni asalariados. Y no solo eso, es que ahora además estánempoderados gracias a las posibilidades y facilidades que ofrece la tecnología e internet para operar, con costes relativamente bajos, en un mercado globalizado. Además, estos chavales están mejor formados, más viajados y hablan mejor inglés (¡gracias, Youtube!) que la generación de sus padres. Tenemos los mimbres.

Pero que no se me malinterprete, por favor, igual de digno, respetable y necesario es tener buenos profesionales en la función pública como empleados en empresas, pero si queremos cambiar realmente el tejido productivo y laboral de este país, nos hace falta más personas, sean jóvenes o no tan jóvenes, que emprendan sus propios proyectos y que generen nuevas fuentes de riqueza y puestos de trabajo. Que se arriesguen un poco, vaya.

Siguiendo con la conocida frase americana, podríamos exclamar: es la cultura emprendedora, ¡estúpido! Eso es lo que nos hace falta.

Emprendedores, start ups, incubadoras, lanzaderas, inversores, business angels, venture capital, etc. forman parte del vocabulario del denominado ecosistema de emprendimiento que ha florecido (afortunadamente) en España en la última década. Términos ya muy familiares para muchos jóvenes españoles. Por eso yo os reto, millennials, ¡emprended! Sí, no es fácil, y además en España no hay garajes como en California. Pero eso no es todo, a parte de no tener garajes (como espacio físico propio en el que un proyecto puede empezar a tomar cuerpo), en España hemos tenido una escasa cultura emprendedora (tampoco hay garaje mental). La maldición deHofstede indica que España es un país con fuerte aversión al riesgo y con un gran sentido de grupo, cuya traducción podría ser: que me quede como estoy, qué vergüenza, trabajo seguro, oposita hijo mío, etc. Vamos tarde, pero no es irremediable.

En España no hay garajes, cierto, pero iniciativas públicas y privadas los están creando en forma de incubadoras y aceleradoras de start ups prometedoras. El capital, por otro lado, se está animando también. Invertir en bolsa o en el ladrillo ya no es tan seguro ahora y, desde luego, no es tan estimulante ni tiene un beneficio social tan directo como el de un proyecto disruptivo que aporta valor a la sociedad y crea puestos de trabajo. Pero los inversores deben también formarse y prepararse para su fundamental tarea, que no es otra, ahí es nada, que la de ayudar a crear, a aconsejar y a apuntalar un proyecto innovador, abandonando visiones únicamente especulativas.

Un emprendedor es un empresario, pero no todo empresario es un emprendedor. La RAE define emprender como “acometer y comenzar una obra, un negocio, un empeño, especialmente si encierran dificultad o peligro”. En palabras cool modernas eso se llama ser disruptivo. Crear un producto o servicio sustancialmente diferente a lo existente (de ahí el riesgo, claro) y que abre o crea un nuevo mercado.

España ha de “disrupcionarse” a sí misma, si se me permite el invento. Una nueva mentalidad debe abrirse paso y consolidarse si queremos bajar de las insoportables altas cotas de paro estructural. Y eso solo lo haremos si cuidamos estos brotes de verde de emprendimiento que han ido germinando en la última década. ¿Y cómo se pueden fortalecer? Pues creando una auténtica cultura de emprendimiento. Una cultura que, en mi opinión, se articula mediante los siguientes ejes; educación, divulgación y medidas legales flexibles (fiscales, financieras y laborales).

La Ley de Emprendedores y otras recientes propuestas de ley, recogen medidas necesarias en materia de fiscalidad y financiación; que la carga fiscal no mate el proyecto ni le deje seco de liquidez o ahuyente inversores, por lo menos durante los primero años del proyecto. Siendo medidas necesarias, qué duda cabe, lo fundamental sigue siendo lo más básico a la par que complejo; la educación, empezando por el bachillerato y hasta la universidad. Se tiene que explicar a los jóvenes que crear tu propia empresa es una opción más, con sus riesgos, sus problemas, pero también con sus ventajas y oportunidades. Y se tiene además que explicar en inglés. Sorprendentemente todavía hay gente que no entiende que necesitamos una educación bilingüe o trilingüe desde los primeros años de escolarización.

La educación, junto a la divulgación, son por lo tanto los pilares en los que asentar la cultura de emprendimiento que tanto nos hace falta, y que nos ayudará a quitarnos tantos miedos y recelos de encima (¡sobre todo de los padres!). Una cultura que valore que emprender tu propio proyecto es otra opción laboral y profesional más. Una cultura que entienda, como en Estados Unidos, que el fracaso no es ninguna humillación social (¡la maldición de Hofstede de nuevo!) y sí la semilla de otro nuevo proyecto o incluso una buena carta presentación para un futuro trabajo en otra empresa.

Los medios de comunicación y los influencers de este país juegan también un papel clave para consolidar y transmitir esta cultura. Así como para divulgar y crear un relato positivo sobre los notables casos de éxitos ya existentes. Casos que son un valiosísimo ejemplo, si no el mejor, para crear cultura y para servir de estímulo para el resto de emprendedores que dudan en iniciarse o que acaban de hacerlo. Start ups como Privalia, Social Media, CartoDB, First V1sion, Wuolah, Hawkers, El Ganso, etc. son excelentes ejemplos en los que inspirarse. Hablemos más de ellos, ¡estudiémoslos! Y todo esto sin olvidarnos de los grandes clásicos, los Amancio Ortega, Juan Roig, Isak Andik, Antonio Catalán, etc.

Emprendamos pues la cultura emprendedora. A qué esperamos.

Carlos Rivadulla, vicepresident d’Empresaris de Catalunya

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