Sánchez rentabiliza La Moncloa

Algo más de un mes habrá transcurrido cuando este artículo vea la luz desde el audaz golpe de mano que aupó a Sánchez a La Moncloa el pasado 1 de junio, gracias al apoyo que los 85 diputados del PSOE-PSC y Nueva Canarias recibieron de los 71 diputados de Podemos y sus divergencias (En Comú, Compromís y Marea), de los 19 diputados de tres partidos secesionistas (ERC, PDeCAT y EH-Bildu), y de los 5 diputados del PNV.

No es mera casualidad que los partidos que avalaron a Sánchez estén gobernando en dos Comunidades (Cataluña y El País Vasco) que pretenden implementar el ‘derecho a decidir’, y en los Ayuntamientos republicanos de Madrid y Barcelona, controlados por los ‘podemitas’ y ‘comunitas’ de Iglesias y Colau, respectivamente.

Pese a la promesa inicial de que convocaría elecciones anticipadas en caso de que la moción de censura triunfara, nadie duda de que la verdadera intención de Sánchez tras instalarse en La Moncloa es alargar la legislatura cuanto pueda, para volver a ganarle a Iglesias las próximas elecciones, e intentar ganárselas también al PP, aunque sea por la mínima. Hasta que llegue el momento de poner las urnas, Sánchez buscará sacar el máximo partido del buen legado económico recibido del PP, para contentar con algunas golosinas a sus inquietos avalistas sin levantar suspicacias en Bruselas. El gran peligro para la estabilidad política y económica de España radica no tanto en lo que pueda hacer este Gobierno monocolor y provisional en los próximos meses, sino en lo que podría hacer (o deshacer) un gobierno de Sánchez e Iglesias en la próxima legislatura, respaldado por los secesionistas.

¿Elecciones? Ahora no… mañana

Sin escaño en el Congreso y con las encuestasvaticinando el temidozarpazo de Podemos, la situación de Sánchez era desesperada a finales de mayo. Alcanzar la presidencia del Gobierno, le proporcionó de la noche a la mañana el inesperado balón de oxígeno que tanto necesitaba, y el plan de rehabilitación del enfermo es muy simple: prorrogar cuento pueda esta presidencia accidental para reforzar su imagen de hombre de Estado y hacernos olvidar las dos docenas de votos infames que lo auparon a La Moncloa.

Sánchez se ha dado prisa para aprovechar el sopor del sol y la playa para relegar al olvido las concesiones que está haciendo a sus avalistas. En primer lugar, está el bochornoso intento de poner a una persona afín a Sánchez e Iglesias al frente de RTVE, en lugar de adoptar un procedimiento transparente que asegure la independencia del ente público. Pero bastante más grave es el anuncio del traslado de los golpistas encarcelados (Junqueras, Romeva, Forcadell, etc.) a prisiones controladas por el gobierno de la Generalitat, concesión que sólo puede entenderse como el primer pago de Sánchez a Torra, el racista Le Pen español, por los servicios prestados el 1 de junio. ¡Que nadie se sorprenda de lo que pueda ocurrir dentro y fuera de los recintos penitenciarios de aquí al 11 de septiembre!

El principal objetivo de Sánchez es, sin duda, mantenerse en el poder para reforzar su imagen de hombre de Estado e intentar, además de dejar atrás a Iglesias, ganarle también las próximas elecciones a un descolocado PP. Sánchez es consciente de la oportunidad que le ha brindado la moción para convertirse en Presidente, pero también de la impostura que supone gobernar con 84 diputados y 44 senadores. Que no pretende gobernar sino administrar el poder y evitar conflictos, quedó meridianamente claro cuando Sánchez aceptó ejecutar sin modificaciones los presupuestos “ideológicos y antisociales” elaborados por “un conductor dormido al volante de un país”, las cuentas que su partido había rechazado entre resoplidos una semana antes en el Congreso. Si el responsable de elaborar esos presupuestos era “un conductor dormido”, quien los ejecuta tras haberlos descalificado merece un adjetivo bastante más duro.

¿Cuánto durará la legislatura?

Para seguir administrando el presupuesto heredado del PP en los próximos meses, Sánchez tendrá que hacer concesiones políticas y económicas de mayor calado tanto a los secesionistas catalanes y nacionalistas vascos, como a Podemos y a sus divergencias. En septiembre de 2015, Sánchez reafirmaba en Tarragona su ‘catalanismo’ y aceptaba reconocer la ‘singularidad’ de Cataluña dentro de una España federal. En abril de 2017, el entonces candidato a la secretaría general del PSOE abogaba en Barcelona por “reconocer a Cataluña como lo que es: una nación”. ¿Pretendía con estas frases Sánchez decirnos que Cataluña debería regir sus destinos con completa independencia del Gobierno, Las Cortes y los Tribunales de España? Supongo que no, pero en esa dirección ya apuntaba el Proyecto de Reforma del Estatut que aprobaron Maragall, Mas y Carod-Rovira el 30 de septiembre de 2005, cuando Rodríguez Zapatero estaba al frente del Gobierno de España. No descarten, pues, más autonomía y más dinero para Cataluña, y ni siquiera un nuevo tripartito (el sueño eterno de Iceta) para explorar los etéreos límites de la galaxia socialista.

Tampoco me sorprendería que Sánchez entretenga a Iglesias el próximo otoño con un proyecto de PGE que contemple aumentos sustanciales en el gasto ‘social’, imposibles de garantizar a medio plazo. Explotará hasta donde de sí el aumento de los ingresos que está produciendo la bonanza económica heredada del PP, aunque descarto que Sánchez ose presentar unas cuentas inadmisibles para Bruselas. Algo que sí contemplo, sin embargo, es que no llegue a ejecutarlas. Si como calculan los socialistas las encuestas confirmaran en los próximos meses que el PSOE repunta, y el PP y Podemos pierden terreno,

La situación en el otro lado del espectro político es francamente complicada. Los incrédulos dirigentes del PP, obligados a desalojar sus despachos oficiales e incluso a abandonar la política en cuestión de horas, están enfrascados en un proceso de renovación que nadie sabe cómo terminará, ni el apoyo que concitarán los nuevos líderes en las próximas citas electorales. Ciudadanos también ha quedado fuera de juego, víctima de su propia estrategia de exigir a Rajoy elecciones para cosechar los brillantes resultados que le auguraban las encuestas en mayo.

Tras la moción, el trasvase de votantes que apuntaba a Ciudadanos como primera fuerza política parece haberse revertido y las nuevas encuestas indican que el globo empieza a perder altura y los votantes de centro desencantados pueden volverse hacia el PSOE. Lo que sí parece alejarse de momento es la posibilidad de formar un gobierno de coalición entre PP y Ciudadanos.

Después del 26-J apunté en Expansión (“27-J: llegó la hora de los Pactos”), las enormes dificultades que encontraría Rajoy para gobernar y los graves riesgos que entrañaba “un gobierno PSOE-PSC-Unidos Podemos que contaría con el apoyo entusiasta de los partidos secesionistas catalanes y nos abocaría a un callejón sin salida.  No sólo nos devolvería a la recesión en pocos meses, como ocurrió en Grecia en 2015, sino que pondría en riesgo el régimen constitucional que ha propiciado los mejores años de nuestra reciente historia. Espero que tanto los líderes del PSOE como de Ciudadanos actúen con responsabilidad y abandonen cualquier tentación de participar en un gobierno con Iglesias y su corte de profesores universitarios descastados”.  Resistieron la tentación hasta que Sánchez recuperó la secretaría general, y aunque la recuperación de la economía española está hoy más asentada, me ratifico en las advertencias que hacía hace dos años sobre el peligro que entraña para la estabilidad política y la unidad de mercado el entendimiento de Sánchez con Iglesias, Torra y Urkullu.


Fuente: Expansión

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