Tensión y represión amarillas en Cataluña

Dentro de un mes se cumplirán 34 años desde que di una charla en el Departamento de Economía e Historia Económica de la UAB, donde he desarrollado casi toda mi vida profesional desde entonces. En la cena posterior al seminario, recibí una inesperada oferta de su director para incorporarme como profesor al curso siguiente. Regresé a Madrid, sopesé los pros y contras de abandonar la Facultad en la que me había licenciado e impartido mis primeras clases, y me incliné finalmente por trasladarme a Barcelona. Llegué unos días antes de las fiestas de la Merçé en septiembre de 1984, y me encontré con una ciudad luminosa, viva y acogedora. Durante algunos años, nadie me preguntó de dónde venía ni que idioma hablaba. Hoy, constato con tristeza cómo la tenaz labor de unos políticos irresponsables y sectarios ha enrarecido la atmósfera en Cataluña hasta hacerla irrespirable y peligrosa.

Tensión y represión

Me referiré a dos sucesos ocurridos hace unos días que ejemplifican la creciente tensión social y la politización de las administraciones públicas. Escena primera: un individuo increpa y agrede a una mujer (rusa nacionalizada española) que en compañía de su esposo (militante de Ciudadanos) y sus tres hijos retiraba lazos amarillos o los recogía del suelo para depositarlos en papeleras. Paradójicamente, el hecho se produjo en los aledaños del parque de la Ciudadela donde se encuentra la sede del Parlament. Tras un intercambio de reproches, el sujeto acabó propinando a la mujer varios golpes que le provocaron hinchazón en un ojo, daños en el tabique nasal y su ingreso en el Hospital del Mar de Barcelona. “¡Cállate la boca, extranjera de mierda!”, fue el delicado mensaje que este héroe republicano dedicó a la víctima mientras la golpeaba con saña. Al parecer, los diligentes Mozos de Escuadra localizaron al agresor que huyó a la carrera y le aconsejaron declarar que había golpeado a la víctima por ‘civismo’.

Escena segunda: Espada (periodista de El Mundo e impulsor de Ciudadanos, al que envío todo mi apoyo) y un grupo de amigos son apresados tras pintar una banda roja en un lazo amarillo de metal colocado en una rotonda en Atmella de Mar (Tarragona, España) el pasado domingo. Después de multarlos por aparcar indebidamente, los Mozos y la policía local procedieron a identificarlos y a inspeccionar sus vehículos. Gaseni (ERC), el alcalde de la localidad que ejerció de presidente en funciones de la Asociación de Municipios por la Independencia durante unos meses, describía con regocijo así la hazaña: “enganchados y denunciados ensuciando el mobiliario público Espada y 7 bichos más”. Las palabras del alcalde y la actuación policial revelan con toda crudeza el carácter sectario que se ha adueñado de todas las instituciones públicas y las fuerzas de seguridad. Cataluña está plagada de objetos amarillos colocados en farolas, rotondas, puentes, playas y mares, y hasta en las fachadas de Ayuntamientos y del palacio de la Generalitat, y aunque su colocación ha exigido necesariamente contar con el beneplácito de los concejos y la colaboración de las grúas municipales, a ningún Mozo o policía local se le ocurrido multar, retener o identificar a sus autores.

Dos varas de medir

Las dos escenas que acabo de describir permiten constatar que para los secesionistas que protagonizaron el fallido golpe de Estado en Cataluña el pasado otoño y sus sucesores, no todos los ciudadanos somos iguales: hay catalanes de primera (ellos) que gozan de todos los ‘derechos’, incluida la apropiación de edificios y espacios públicos con total impunidad sin ser molestados, y hay ‘bichos extranjeros de mierda’ (el resto) a los que se nos amedrenta y amenaza cuando osamos oponer la menor resistencia a sus imposiciones. ¿Cómo explican si no que la Generalitat y sus politizadas policías amparen y hasta financien la colocación de caquitas amarillas a lo largo y ancho de Cataluña, pero identifiquen y multen a quienes se atreven a retirarlas o adornarlas con una banda roja? No se trata de casos aislados como los tertulianos afines al régimen intentan dar a entender para minimizar su alcance. Todo lo contrario: los ciudadanos que expresamos nuestra oposición al proyecto de secesión somos habitualmente increpados e insultados, y nuestras demandas para que se preserve la neutralidad de los espacios públicos, centros escolares y sanitarios incluidos, son ignoradas.

Les relataré uno de tantos incidentes en que me he visto involucrado en los últimos meses. Tras registrar una instancia en un Ayuntamiento del Alto Penedés solicitando la retirada del centenar largo de lazos amarillos que adornaban las verjas del Centro de Atención Primaria (CAP) de la localidad, recibí una misiva certificada en mi domicilio (pese a haberlo omitido para evitar represalias vandálicas) firmada por Don Joan Puigdollers i Fargas, Gerente de la Región Sanitaria de Barcelona. El político convergente, fundador de Joventut Nacionalista de Catalunya, me hacía saber que “se entiende que no es un tema de nuestra competencia determinar cuál es el significado del lazo amarillo, y mucho menos determinar si se trata de un instrumento que fomente la segregación de la sociedad por razones ideológicas o por el contrario, tal y como defienden los promotores de la petición del uso del lazo, una muestra de reivindicación ciudadana”.

Sr. Puigdollers: no solicitaba que determinara el significado de los lazos sino que preservara la debida neutralidad administrativa en la provisión de los servicios de los que usted es responsable y yo financio con mis impuestos. La espesa respuesta del Gerente de la sanidad pública en el área de Barcelona deja muy claro que las instituciones de la Generalitat permiten y hasta animan a los catalanes secesionistas a apropiarse de edificios y espacios públicos, so pretexto de ejercitar “el derecho a manifestarse a través de los lazos amarillos u otros símbolos”, aunque para la otra mitad de los catalanes tales expresiones sectarias constituyan una afrenta a nuestra democracia. Y ay de aquellos infelices que se atrevan a retirarlos o a alterar siquiera ligeramente su enfermiza coloración, porque serán aprehendidos e identificados por la policía política, y sus nombres incorporados al directorio de ‘bichos extranjeros de mierda’.

La incontinencia sectaria de quienes como Mas, Puigdemont y Torra han puesto las instituciones autonómicas al servicio de la secesión, ante la pasividad incomprensible del Gobierno de España, ha convertido Cataluña en un solar cubierto de defecaciones amarillas donde se exhiben fotos de golpistas, como se hacía con los terroristas de ETA en El País Vasco. En esta idílica república nadie sabe bien si ya constituida o todavía en proceso de constitución de la que escapan las empresas como de la peste, el único recurso que nos queda a los ‘bichos’ es caminar dando saltitos para no pisar las excreciones amarillentas, so pena de que algún ciudadano torrado nos hinche un ojo, un alcalde obtuso nos demande por daños al mobiliario urbano, o un guardia bilioso nos enchirone por desacato a la ictericia. Como subrayaba recientemente Alfonso Guerra, mientras en Cataluña y en El País Vasco va ganando terreno la España de la infamia, “los  impostores de la izquierda de salón” se olvidan de defender “la igualdad entre españoles”, el ingrediente esencial de cualquier proyecto democrático de izquierda. Lo progresista, hoy, Sr. Sánchez no es exhumar los restos de Franco, muerto en la cama de un hospital va para 43 años, sino defender la igualdad entre españoles amenazada por el movimiento nacional-secesionista en Cataluña y en El País Vasco.

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