Una propuesta para mejorar la enseñanza universitaria

En mi artículo “Titulitis: fraude y responsabilidad” (Expansión, 22 de septiembre) expuse algunas reflexiones acerca de las presuntas irregularidades cometidas por algunos destacados dirigentes políticos para obtener sus títulos de máster y doctorado. Apunté a dos posibles explicaciones (que no justificaciones) de por qué las autoridades universitarias tienen dificultades para gestionar con rigor los programas de postgrado: la innecesaria e indeseable proliferación de titulaciones que se ha producido en los últimos años, y la insana inclinación de algunos dirigentes políticos de adornar sus curriculum con títulos vacíos de contenido. Resulta innegable que los fraudes conocidos constituyen una afrenta para todos aquellos estudiantes que han cursados las asignaturas y realizado los trabajos exigidos y para todos los profesores que han impartido sus cursos y calificado con rigor los trabajos realizados. Lo imperdonable es que los órganos rectores de las Universidades afectadas no detectaran y corrigieran los fraudes a tiempo.

En este artículo, voy a examinar la situación de la educación universitaria básica (Grados), la más importante para la mayoría de los ciudadanos, y presentar una propuesta para mejorarla. La semana pasada asistí en Madrid a un almuerzo-debate organizado por el Círculo de Empresarios para presentar El Barómetro de los Círculos 2018. Se habló allí de los grandes desequilibrios (paro, déficit y deuda) y de los grandes retos (globalización, competitividad, digitalización, etc.) a los que se enfrenta la economía española. Una parte sustancial de la presentación y discusión se dedicó a examinar las deficiencias de nuestro sistema educativo y la deseabilidad de alcanzar un pacto de Estado para reformarlo. Abandono escolar, deficiencias del sistema de formación profesional y alejamiento de los contenidos universitarios de las necesidades del mercado laboral fueron algunas de las cuestiones que centraron el debate.

Aunque comprendo perfectamente la preocupación de los empresarios por mejorar la educación, tengo también la impresión de que a veces se pretende que la enseñanza universitaria proporcione graduados capacitados para asumir sin solución de continuidad cualquier puesto de trabajo por especializado y singular que éste sea. No es ésa, a mi modesto entender, la principal misión de la Universidad española que por pecar no peca de generalista sino de exceso de especialización, con consecuencias bastante negativas a medio y largo plazo.

Aunque el análisis de nuestra Universidad y su posible reforma sobrepasan tanto mis capacidades como la extensión de este artículo, quiero apuntar cuatro o cinco características interrelacionadas que como mínimo dificultan a nuestros universitarios obtener una sólida formación: criterios de entrada laxos, excesiva especialización, elevado número de asignaturas y horas lectivas, grupos muy  numerosos y falta de trabajo personal supervisado.

Derecho casi universal

Concebir el acceso a la Universidad como un derecho casi universal constituye un grave error, al pretender extender al ámbito de la formación superior la loable preocupación de proporcionar una formación elemental a la mayoría de ciudadanos en las sociedades desarrolladas. El propósito de la Universidad es formar a la fracción de la población que habiendo completado la educación media quiere desempeñar tareas que requieren mayores conocimientos. Hay dos aspectos de la enseñanza superior  que como ciudadanos y economistas tenemos que admitir y sopesar. Primero, hay personas que carecen de la capacidad o la motivación necesaria exigible a quien desea obtener un título universitario. Y, segundo, las tasas en las Universidades públicas sólo cubren una parte del coste de la enseñanza por lo que la financiación acaba recayendo sobre los contribuyentes. Por tanto, a la Universidad sólo deberían acceder personas con una preparación contrastada y dispuestas a realizar el esfuerzo de adquirir una formación superior. Degradar las pruebas de acceso para poner al alcance de todos la Universidad no es el mecanismo más eficiente para redistribuir la renta. Y si bien ninguna sociedad puede permitirse que alumnos capacitados queden excluidos de la Universidad por falta de recursos para sufragar los estudios, los contribuyentes tampoco tienen por qué financiar a alumnos incompetentes o desmotivados.

Los restantes defectos mencionados tienen su origen en la obsesión de quienes diseñan los planes de estudio por abarcar todos los posibles aspectos de un solo ámbito del conocimiento (Filosofía, Derecho, Biología, Economía, etc.).  La primera consecuencia de la especialización obligatoria impuesta a los alumnos desde el momento en que pisan la Universidad es que se les priva de la oportunidad de dedicar al menos el primer año a mejorar su capacidad para expresarse y escribir correctamente en su idioma y en inglés, y a explorar por sí mismos los distintos campos del conocimiento antes de tomar una decisión trascendental para su futuro. Algunos me recordarán que precisamente el Bachillerato y las pruebas de acceso ya cumplen esas funciones. No nos hagamos trampas: mi larga experiencia docente me indica que ambas afirmaciones son inciertas en la mayoría de los casos.

La obsesión por abarcar todas las áreas de un ámbito del conocimiento conduce casi inevitablemente a la proliferación de asignaturas y como resultado de ello a que los alumnos pasen un número muy elevado de horas en clase. Estos defectos que ya existían en mi época en lugar de corregirse se han agravado con el paso del tiempo. Los alumnos que asisten a todas las clases programadas pasan entre 5 y 6 horas seguidas en las aulas escuchando con arduo esfuerzo las exposiciones de varios profesores, pero como decía uno de mis mejores maestros hace 50 años “de oídas no se aprende ni solfeo”. En otras palabras, pasar muchas horas en clase además de producir fatiga y tedio no garantiza la comprensión de la materia. Lograrlo implica dedicar horas a leer los apuntes tomados y los libros de texto recomendados, a reflexionar sobre lo leído y a resolver ejercicios o escribir ensayos. No más de 3 horas diarias en las aulas y 4 ó 5 de trabajo personal sería lo deseable. La receta propuesta es bastante sencilla: menos tiempo en las aulas y más tiempo hincando codos.

Modelos de éxito

Confieso que no tengo esperanza de que se produzcan cambios en la dirección que he apuntado: endurecer los criterios de acceso, reducir el número de asignaturas en los planes de estudio y el tamaño de los grupos para posibilitar el trabajo individual supervisado. Son ya muchos años en la brecha y demasiados los cambios de planes de estudio que he vivido como para hacerme ilusiones de que la situación vaya a resolverse ahora mediante un pacto de Estado. Pongo en duda, para empezar, que a la mayoría de nuestros políticos les interese realmente mejorar la calidad de las Universidades, aunque a veces nos echen en cara lo mal situadas que están en el escalafón internacional. Y, además, estoy convencido de que un pacto que satisfaga los intereses creados de docentes, organizaciones sindicales y asociaciones estudiantiles no mejorará la situación.

Mucho se ha criticado la repetida frase de Don Miguel de Unamuno ¡que inventen ellos! pero una interpretación benévola de la misma podría resultar aplicable a nuestro sistema universitario: no perdamos el tiempo inventando lo que ya está inventado y funciona bien. Me explico. Cuando los empresarios del Círculo nos preguntaron a los académicos qué podía hacerse para mejorar la enseñanza universitaria, todos los allí presentes coincidimos en que bastaría con copiar modelos de probado éxito. Resultaría mucho más útil para la Universidad española aproximarse, hasta donde lo permitan los recursos disponibles, al modelo estadounidense que malgastar el tiempo buscando apaños para firmar un pacto a varias bandas que deje lo sustancial inalterado.


Fuente: Expansión

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